25 dic. 2010

ESPECIAL CAMBIO CLIMÁTICO: LA ECONOMÍA DE LA NATURALEZA

http://www.clarín.com/ 22/12/10

El enfoque de expresar en dinero el valor de los ecosistemas gana adeptos. Economistas ecológicos exigen que los costes de la destrucción de la naturaleza se incluyan en la toma de decisiones empresariales. Una producción de la Deutsche Welle.
Por Torsten Schäfer y Emili Vinagre (edición)
¿Qué valor tiene un bosque? ¿Cuál es el rendimiento económico que genera una abeja? ¿Y a cuánto asciende el servicio que prestan los manglares? Preguntas que, hasta ahora, no han jugado un papel demasiado destacado en la política medioambiental. El motivo, que hasta la fecha apenas se ha cuantificado económicamente el valor de los servicios que presta la naturaleza. Sin embargo, esta nueva perspectiva económica ha cobrado un nuevo impulso a raíz del estudio que los países miembros del G-8 encargaron en 2007 al Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Un estudio con un objetivo: calcular el valor económico de la diversidad ecológica del planeta.
El modelo para el denominado Estudio TEEB (The Economics of Ecosystems and Biodiversity, "La economía de los ecosistemas y la biodiversidad") lo constituye el Informe Stern, en el cual el economista británico Nicholas Stern calculó en 2006 los costes de un cambio climático sin freno. "Con el TEEB queremos hacer ver el capital latente que se esconde en la naturaleza. Y conseguir que el valor de la naturaleza influya en mayor medida en la toma de decisiones políticas y económicas", explica Christoph Schröter-Schlaack, quien colabora en la elaboración del estudio a través del Centro Helmholtz de Investigación Medioambiental (UFZ) de Leipzig.
Recursos forestales valiosos
El informe final del Estudio TEEB se presenta a finales de octubre en Japón. En diciembre, la economía de la naturaleza protagonizará la Cumbre del Clima de Cancún, donde se debatirá cómo contemplar los recursos forestales en un acuerdo climático. Los ministros de medio ambiente, además, discutirán la creación de un fondo de protección de los bosques. Un fondo que financiará a los países en vías de desarrollo que protejan sus bosques en lugar de permitir su explotación económica. Países del sur, como Brasil, Ecuador y Guyana, presentarán sus propios conceptos al respecto. La referencia en cuanto a protección forestal es, según Schröter-Schlaack, Costa Rica.
La utilidad económica de los bosques es inmensa. Según el Estudio TEEB, la deforestación provoca cada año pérdidas de capital natural de entre dos y cinco billones de dólares. Por el contrario, la conservación del bosque amenazado costaría sólo 45.000 millones de dólares.
Los servicios que prestan los árboles
Cuanto más pequeño es el ecosistema, más exactos son los estudios. Por ejemplo, según el Centro Helmholtz de Leipzig, el valor de una hectárea de bosque urbano en Friburgo durante cien años asciende a casi 13.000 euros. El bosque ejerce de filtro para el aire y el agua, de almacén de CO2, suministra madera, da trabajo a los técnicos forestales y sirve para que los habitantes de Friburgo, por ejemplo, puedan practicar deporte al aire libre sin tener que pagar por ello.
El estudio recoge reflexiones similares que constatan hechos elementales. Por ejemplo, que la diversidad de especies eleva el rendimiento de un ecosistema. Y que las desembocaduras de los ríos, así como los bosques de manglares, son especialmente valiosos. Paisajes que contribuyen a la protección ante el aumento del nivel del mar y ejercen de piscifactorías. Un ejemplo: la conservación de 12.000 hectáreas de manglares en Vietnam cuesta 1.100 millones de dólares al año. Por el contrario, el mantenimiento de diques que protejan artificialmente de las crecidas costaría 7.300 millones de dólares.
Las inversiones para la construcción de diques repercuten en el Producto Interior Bruto (PIB) de Vietnam. La contribución de los manglares, sin embargo, no consta en ningún lugar. Al contrario: su destrucción hace posible, en un primer momento, el crecimiento del PIB, algo que critican los economistas ecológicos. Reclaman un nuevo concepto a la hora de evaluar a los indicadores de crecimiento relacionados con el medio ambiente. El economista estadounidense Robert Costanza exige que las compañías abonen un fondo de previsión cuando lleven a cabo proyectos de riesgo. Un dinero que les sería devuelto si finalmente la ejecución de los proyectos no genera daños a la naturaleza o éstos son muy escasos. Según Costanza, British Petroleum (BP) debería haber aportado más de una cuarta parte del valor de la empresa por las perforaciones petrolíferas en el Golfo de México: "¿Cuál habría sido la reacción? O bien no haber llevado a cabo las perforaciones o bien haber buscado fórmulas para reducir el riesgo. Es decir, haber invertido más dinero en desarrollar tecnologías de seguridad".
La pesca como negocio ruinoso
Una catástrofe petrolífera que permite calcular cuánto valdría la pena tomar precauciones en materia de protección del medio ambiente. De ello también podría sacar provecho, y no en último término, la pesca mundial. Aunque aún no se dispone de estudios precisos al respecto, el Banco Mundial cuantifica en 50.000 millones de dólares las pérdidas anuales de la industria pesquera. El motivo, que cada vez se captura menos pese al aumento de los gastos destinados a barcos y aparejos de pesca. Más aún: el experto en pesca del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), Stephan Lutter, destaca que los costes de la destrucción de valiosos arrecifes de coral a través del uso de redes de arrastre, por la captura accesoria o la pesca ilegal no se cuantifican. "Actualmente, sólo hay perdedores en la locura de la pesca", afirma Lutter.
Es necesario un cambio urgente de mentalidad. Algo a lo que deberían contribuir estudios como el TEEB. Su mensaje se puede resumir en una cifra: 1:100 es la fórmula de la economía de la naturaleza. Es decir, que la naturaleza devuelve, de media, 100 euros, por cada euro de inversión en medidas de protección. A través de valiosos servicios cuyo valor hasta ahora no se ha apreciado en su justa medida.
http://www.clarin.com/sociedad/medio_ambiente/Especial-cambio-climatico-economia-naturaleza_0_394760700.html

16 dic. 2010

LA DESTRUCCIÓN DE LA BIODIVERSIDAD TIENE LAS MISMAS CAUSAS QUE LA DEGRADACIÓN SOCIAL - Robert Barbault

ENTREVISTA CON EL BIOLOGO FRANCES ROBERT BARBAULT
Página 12 – 4 de diciembre de 2010

“La destrucción de la biodiversidad tiene las mismas causas que la degradación social”

Barbault es un reconocido especialista de la biología de las poblaciones humanas y, a partir de los años ’80, uno de los primeros que reflexionó sobre el concepto de “biodiversidad”. En su reflexión se aúnan dos fuentes disociadas: la ecología naturalista y la ecología política. El resultado resalta una evidencia no siempre destacada: “Nuestra existencia se funda sobre los sistemas vivientes”. De allí su cruzada científica contra el crecimiento del PIB como única variable del desarrollo y su defensa de una “cooperación” con el tejido viviente del planeta.

Por Eduardo Febbro

Desde París

¿Qué es la vida? Un paseo a través de las pasarelas de la Galería de la Gran Evolución del Museo de Historia Natural de París bosqueja una respuesta singular: los elefantes, los dinosaurios, las jirafas, las cebras, los monos, los tigres, los rinocerontes, las focas, los incontables pájaros y mariposas componen un retrato alucinante de la diversidad de la vida terrestre. Del silencio atomizado de esos animales, de su eterna inmovilidad científica ofrecida a la observación, se desprende una sensación de admiración, de extrañeza y de hermandad sustancial con aquel laberinto de especies. La terminología moderna define esa variedad de seres vivos que pueblan la Tierra con un término no siempre comprendido en su exacta profundidad: la biodiversidad, eso que el biólogo francés Robert Barbault llama “el tejido viviente del planeta”. Tejido, red, malla, entrelazado, entramado, la relación entre las especies es una interconexión permanente que no excluye al ser humano. Barbault es un reconocido especialista de la biología de las poblaciones humanas y, a partir de los años ’80, uno de los primeros que reflexionó sobre el concepto de “biodiversidad” que el entomólogo Edward Wilson puso de moda cuando advirtió sobre la acelerada desaparición de las especies. Biólogo, profesor en la Universidad de París VI y director del Departamento Ecología y Gestión de la Biodiversidad en el Museo Nacional de Historia Natural, Barbault ha explorado ese “tejido viviente” pero no como una curiosidad científica sino en su relación más directa y peligrosa con las sociedades humanas. En su libro más célebre, El elefante en la cacharrería (Editorial Laetoli, 2009), el biólogo francés analizó la “destrucción programada de la biodiversidad” bajo la presión del crecimiento de las sociedades humanas. La Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN) calcula que una tercera parte de las especies animales o vegetales están amenazadas de extinción y que la velocidad de esa extinción es mil veces más elevada que el ritmo natural. Barbault aúna en su reflexión dos fuentes disociadas: la ecología naturalista y la ecología política. El resultado es un trabajo riguroso y claro que resalta una evidencia no siempre destacada por la ecología política: “nuestra existencia se funda sobre los sistemas vivientes”, todo lo que consumimos “proviene de los seres vivos”. De allí su cruzada científica contra el crecimiento del PIB como única variable del desarrollo y su defensa de una “cooperación” con el tejido viviente del planeta, es decir, con los seres vivos. Robert Barbault observa a menudo que de la biodiversidad sólo percibimos la palabra, que Occidente vive tan alejado de la biodiversidad que hasta perdió la conciencia de que la aventura del ser humano en el planeta es posible gracias a ella, incluso cuando consumimos gas o petróleo. ¿Qué es la vida? Pues precisamente eso: un tejido de diversidades que la especie humana se ha empeñado en destruir.

15 dic. 2010

MANIFIESTO ECOSOCIALISTA - Joel Kovel y Michael Lowy

El siglo XXI se inicia de manera catastrófica, con un grado sin precedentes de deterioro ecológico y un orden mundial caótico, amenazado por el terror y por conglomerados de guerra desintegradora, de baja intensidad, que se extienden como gangrena a través de amplios segmentos del planeta -África Central, Medio Oriente, Asia Central y del Sur y noroeste de Sudamérica- y reverberan a través de las naciones.
En nuestra visión, la crisis ecológica y la crisis de deterioro social están profundamente interrelacionadas y deben ser vistas como distintas manifestaciones de las mismas fuerzas estructurales. La primera se origina ampliamente en la industrialización rampante que desborda la capacidad de la Tierra para amortiguar y contener la desestabilización ecológica. La segunda se deriva de la forma de imperialismo conocida como globalización, con efectos desintegradores en las sociedades que encuentra a su paso. Más aun, estas fuerzas subyacentes son esencialmente aspectos diferentes de una misma corriente, que debe ser identificada como la dinámica central que mueve a la totalidad: la expansión del sistema capitalista mundial.
Rechazamos todos los eufemismos o la suavización propagandística de la brutalidad de este régimen: todo intento de lavado verde de sus costos ecológicos, toda mistificación de sus costos humanos en nombre de la democracia y los derechos humanos. Insistimos, por el contrario, en mirar al capital desde la perspectiva de lo que realmente ha hecho.
Actuando sobre la naturaleza y su equilibrio ecológico, el régimen capitalista, con su imperativo de expansión constante de la rentabilidad, expone los ecosistemas a contaminantes desestabilizadores; fragmenta hábitats que han evolucionado durante eones para permitir el florecimiento de los organismos, despilfarra los recursos y reduce la sensual vitalidad de la naturaleza al frío intercambio requerido por la acumulación de capital.
En lo concerniente a la humanidad y sus demandas de autodeterminación, comunidad y una existencia plena de sentido, el capital reduce a la mayoría de la población mundial a mero reservorio de fuerza de trabajo, mientras descarta a muchos de los restantes como lastre inútil. Ha invadido y erosionado la integridad de las comunidades a través de su cultura global de masas de consumismo y despolitización.
Ha incrementado las desigualdades en riqueza y poder hasta niveles sin precedentes en la historia humana. Ha trabajado en estrecha alianza con una red de estados clientes serviles y corruptos, cuyas élites locales ejecutan la tarea de represión ahorrándole al centro el oprobio de la misma. Y ha puesto en marcha una red de organizaciones supraestatales bajo la supervisión general de los poderes occidentales y del superpoder Estados Unidos, para minar la autonomía de la periferia y atarla al endeudamiento, mientras mantiene un enorme aparato militar para asegurar la obediencia al centro capitalista.
Creemos que el actual sistema capitalista no puede regular, y mucho menos superar, las crisis que ha desatado. No puede resolver la crisis social y ecológica, porque hacerlo requiere poner límites a la acumulación -una opción inaceptable para un sistema cuya prédica se apoya en la divisa: ¡crecer o morir ! Y no puede resolver la crisis planteada por el terror y otras formas de rebelión violenta porque hacerlo significaría abandonar la lógica imperial, lo que impondría límites inaceptables al crecimiento y a todo el "modo de vida" sostenido por el ejercicio del poder imperial. Su única opción restante es recurrir a la fuerza bruta, incrementando así la alienación y sembrando las semillas del terrorismo... y del antiterrorismo que lo sigue, evolucionando hacia una variante nueva y maligna de fascismo.

ANTICAPITALISMO Y JUSTICIA CLIMÁTICA - Esther Vivas

El cambio climático es, a día de hoy, una realidad innegable. El eco político, social y mediático de la cumbre de Copenhague, en diciembre 2009, fue buena prueba de ello. Una cumbre que mostró la incapacidad del propio sistema capitalista de dar una respuesta creíble a una crisis que él mismo ha creado. El capitalismo verde se apunta a la carrera del cambio climático, aportando una serie de soluciones tecnológicas (energía nuclear, captación de carbono de la atmósfera para su almacenamiento, agrocombustibles, etc.) que generarán mayores impactos sociales y medioambientales. Se trata de soluciones falsas al cambio climático que intentan esconder las causas estructurales que nos han conducido a la situación actual de crisis y que buscan hacer negocio con la misma, a la vez que plantean la contradicción entre el cálculo cortoplacista del capital y los ritmos largos del equilibrio ecológico.

En este contexto, es urgente un movimiento capaz de desafiar el discurso dominante del capitalismo verde, señalar el impacto y la responsabilidad del actual modelo de producción, distribución y consumo capitalista y vincular la amenaza climática global con los problemas sociales cotidianos. Copenhague ha sido hasta ahora la mayor expresión del movimiento por la justicia climática, coincidiendo justamente con el décimo aniversario de las movilizaciones contra la OMC en Seattle. Una protesta que, bajo el lema “Cambiemos el sistema, no el clima”, expresa esta relación difusa entre justicia social y climática, entre crisis social y crisis ecológica. Pero el éxito de las protestas en Copenhague contrasta con la debilidad de las manifestaciones a nivel mundial, con algunas excepciones como Londres.

La actual crisis plantea la necesidad urgente de cambiar el mundo de base y hacerlo desde una perspectiva anticapitalista y ecosocialista radical. Anticapitalismo y justicia climática son dos combates que tienen que ir estrechamente unidos. Cualquier perspectiva de ruptura con el actual modelo económico que no tenga en cuenta la centralidad de la crisis ecológica está abocada al fracaso y cualquier perspectiva ecologista sin una orientación anticapitalista, de ruptura con el sistema actual, se quedará en la superficie del problema y al final puede acabar siendo un instrumento al servicio de las políticas de marketing verde.

Frenar el cambio climático implica modificar el actual modelo de producción, distribución y consumo. Los retoques superficiales y cosméticos no valen. Las soluciones a la crisis ecológica pasan por tocar los cimientos del actual sistema capitalista. Si queremos que el clima no cambie, es necesario cambiar el sistema. De ahí, la necesidad de tener una verdadera perspectiva ecosocialista, o ecocomunista como señalaba Daniel Bensaïd en uno de sus últimos artículos.

Asimismo, se deben de combatir las tesis del neo-malthusianismo verde que culpabilizan a los países del Sur por sus altas tasas de población y que buscan controlar el cuerpo de las mujeres, socavando el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo. Luchar contra el cambio climático implica enfrentar la pobreza: a mayor desigualdad social, más vulnerabilidad climática. Es necesario reconvertir sectores productivos con graves impactos sociales y ambientales (industria militar, automovilística, extractivas, etc.), creando empleo en sectores sociales y ecológicamente justos como la agricultura ecológica, servicios públicos (sanitarios, educativos, transporte), entre otros.

Acabar con el cambio climático implica apostar por el derecho de los pueblos a la soberanía alimentaria. El modelo agroindustrial actual (deslocalizado, intensivo, kilométrico, petrodependiente) es uno de los máximos generadores de gases de efecto invernadero. Apostar por una agricultura ecológica, local campesina y por unos circuitos cortos de comercialización permiten, como dice La Vía Campesina, enfriar el planeta. Asimismo, hay que integrar las demandas de los pueblos originarios, el control de sus tierras y bienes naturales, y su cosmovisión y respeto a la “pachamama”, la “madre tierra”, y la defensa del “buen vivir”. Valorizar estas aportaciones que plantean un nuevo tipo de relación entre humanidad y naturaleza es clave para enfrentar el cambio climático y la mercantilización de la vida y del planeta.

Desde una perspectiva Norte-Sur, justicia climática implica la anulación incondicional de la deuda externa de los países del Sur, una deuda ilegal e ilegítima, y reivindicar el reconocimiento de una deuda social, histórica y ecológica del Norte respecto al Sur resultado de siglos de expolio y explotación. En casos de catástrofe, es necesario promover mecanismos de “auxilio popular”. Hemos visto como el cambio climático aumenta la vulnerabilidad de los sectores populares especialmente en los países del Sur. Los terremotos en Haití y en Chile son dos de los casos más recientes. Frente a estas amenazas son necesarias redes de solidaridad internacional de movimientos sociales de base que permitan una canalización de la ayuda inmediata y efectiva a las poblaciones locales. La iniciativa no puede quedar en manos de un “humanitarismo” internacional vacío de contenido político.

La lucha contra el cambio climático pasa por combatir el actual modelo de producción industrial, deslocalizado, “just on time”, masivo, dependiente de los recursos fósiles, etc. Las burocracias sindicales hacen seguidismo y legitiman las políticas del “capitalismo verde” con la farsa de que las “tecnologías verdes” crean empleo y generan mayor prosperidad. Es necesario desmontar este mito. La izquierda sindical debe poner en cuestión el actual modelo de crecimiento sin límites, apostando por otro modelo de “desarrollo” acorde con los recursos finitos del planeta. Las reivindicaciones ecologistas y contra el cambio climático tienen que ser un eje central del sindicalismo combativo. Los sindicalistas no pueden ver a los ecologistas como a sus enemigos y viceversa. Todas y todos sufrimos las consecuencias del cambio climático y es necesario que actuemos colectivamente.

Es falso pensar que podemos combatir el cambio climático sólo a partir del cambio de actitudes individuales, y más cuando la mitad de la población mundial vive en el “subconsumo crónico”, y también es falso pensar que podemos luchar contra el cambio climático sólo con respuestas tecnológicas y científicas. Son necesarios cambios estructurales en los modelos de producción de bienes, de energía, etc. En esta dirección, las iniciativas que desde lo local plantean alternativas prácticas al modelo dominante de consumo, producción, energético... tienen un carácter demostrativo y de concienciación que es fundamental apoyar.

Por su naturaleza, hablar de cómo enfrentar el cambio climático implica discutir de estrategia, de auto-organización, de planificación y de las tareas que, aquellas y aquellos que nos consideramos anticapitalistas, tenemos por delante.


Síntesis de la intervención de Esther Vivas en el 16º Congreso Mundial de la 4a Internacional en Newport, Bélgica, marzo 2010.

7 dic. 2010

ECOSOCIALISMO, DEMOCRACIA Y PLANIFICACIÓN - Michael Lowy

2007

El crecimiento exponencial de ataques al ambiente y la creciente amenaza de romper el equilibrio ecológico apunta a un escenario catastrófico que pone en peligro la misma supervivencia de la especie humana. Nos enfrentamos a una crisis civilizatoria que exige cambios radicales.

"Si el capitalismo no puede ser reformado para subordinar la búsqueda de ganancias a la supervivencia humana, ¿qué alternativa existe para moverse a una cierta clase de economía nacional y globalmente planificada? Problemas como el cambio climático requieren de una ‘mano visible’ de planificación directa... Nuestros líderes capitalistas corporativos no pueden ayudarse, no tienen otra alternativa que la de equivocarse de manera sistemática, irracional y finalmente -dada la tecnología que utilizan- con decisiones globales suicidas sobre la economía y el entorno natural. Entonces, ¿qué otra opción podemos considerar para una verdadera alternativa socialista?"
Richard Smith
El Ecosocialismo es un intento de proporcionar una radical alternativa civilizatoria, basada en los argumentos básicos del movimiento ecologista y en la crítica marxista de la economía política. Se opone a lo que Marx llamó el progreso destructivo del capitalismo [1], defendiendo una economía fundada en un criterio no-monetario y extra-económico: en las necesidades sociales y el equilibrio ecológico. Esta síntesis dialéctica, intentada por un amplio espectro de autores, desde James O'Connor a Joël Kovel y John Bellamy Foster, y desde André Gorz (en sus primeros escritos) a Elmar Altvater, es al mismo tiempo una crítica a la "ecología de mercado", la cual no desafía al sistema capitalista, y al "socialismo productivista", el cual ignoró el problema de los límites naturales.
De acuerdo con James O'Connor, el objetivo del socialismo ecológico es una nueva sociedad basada en una racionalidad ecológica, con un control democrático, igualdad social y el predominio del valor de uso. [2] Yo agregaría que, a lo que esto apunta, requiere: a) la propiedad colectiva de los medios de producción –y "colectiva" aquí significa propiedad pública, cooperativa y comunitaria; b) la planificación democrática que hace posible que la sociedad defina las metas de inversión y producción, y c) una nueva estructura tecnológica de las fuerzas productivas. En otros términos: una transformación revolucionaria social y económica. [3]
Para los ecosocialistas, el problema con las corrientes de la ecología política, representadas en su mayoría por los Partidos Verdes, es que no parecen tomar en cuenta la contradicción intrínseca entre la dinámica capitalista de expansión ilimitada del Capital y acumulación de ganancias, y la preservación del medio ambiente. Hacen una crítica al productivismo, a menudo muy relevante, pero no dejan atrás el ecologismo reformista de la "economía de mercado". El resultado ha sido que muchos Partidos verdes se han vuelto una coartada ecológica de gobiernos de centro-izquierda social-liberales. [4]
Como Richard Smith recientemente observó: "la lógica de crecimiento insaciable se construye dentro de la naturaleza del sistema, los requisitos de la producción capitalista. (…) Cada corporación actúa racionalmente desde el punto de vista de los dueños y empleados que buscan aumentar al máximo su propio interés, tomando decisiones capitalistas individualmente racionales. Pero el resultado es que la suma de estas decisiones racionales en lo individual, son masivamente irracionales, de hecho y finalmente catastróficas, de modo que no están conduciendo al camino del suicidio colectivo". [5]
Por otro lado, el problema con las tendencias dominantes de la izquierda durante el siglo veinte -la social-democracia y el movimiento comunista soviético- es su aceptación del modelo “realmente existente” de fuerzas productivas. Mientras el primero se limitó a reformar -en el mejor keynesianismo- la versión del sistema capitalista, el segundo desarrolló una colectivista -o capitalista de Estado- forma de productivismo. En ambos casos, los problemas medioambientales permanecieron fuera de vista, o bien fueron marginados.

2 dic. 2010

¿QUÉ ES EL ECOSOCIALISMO ? - Michael Lowy

El crecimiento exponencial de la contaminación del aire en las grandes ciudades, del agua potable y del ambiente en general; el calentamiento del planeta, el principio de la fusión de los glaciales polares, la multiplicación de catástrofes "naturales"; el principio de la destrucción de la capa de ozono; la destrucción, a una velocidad creciente, de los bosques tropicales y la rápida reducción de la biodiversidad por la extinción de miles de especies; el agotamiento de tierras, su deseritficación; la acumulación de basura, principalmente nuclear, imposible de manejar; la multiplicación de accidentes nucleares y la amenza de un nuevo Tchernobyl; la contaminación de la comida, las manipulaciones genéticas, las "vacas locas", la carne con hormonas. Todas las luces están rojas: es evidente que el curso enloquecido de las ganancias, la lógica productivista y la mercantilización de la civilización capitalista/industrial nos conduce a un desastre ecológico de proporciones incalculables. No es ceder al «catastrofismo» el constatar que la dinámica del «crecimiento» infinito inducido por la expansión capitalista amenaza los fundamentos naturales de la vida humana en el planeta. (1)
¿Cómo reaccionar frente a este peligro? El socialismo y la ecología -o por lo menos, ciertas corrientes suyas- tienen objetivos comunes que implican un cuestionamiento de la autonomización de la economía, del reino de la cuantificación, de la producción como meta en sí misma, de la dictadura del dinero, de la reducción del universo social al cálculo de márgenes de rentabilidad y a las necesidades de la acumulación del Capital. Ambos defienden los valores cualitativos: el valor de uso, la satisfacción de necesidades, la igualdad social, el resguardo de la naturaleza, el equilibrio ecológico. Ambos conciben a la economía como una "pieza" en el ambiente: social para el algunos, natural para otros.
Se dice, las divergencias de fondo son las que mantienen separados a los «rojos» y a los «verdes», a los marxistas de los ecologistas. Los activistas ecologistas acusan a Marx y Engels de productivismo. ¿Se justifica esta imputación? Sí y no.
No, en la medida en que nadie denunció tanto como Marx la lógica capitalista de producción por la producción, la acumulación del Capital, riquezas y mercancías como fin en sí mismo. La misma idea de socialismo, al contrario de la miserable falsificación de los burócratas, es la de una producción de valores del uso, de bienes necesarios para la satisfacción de necesidades humanas.
El objetivo supremo del progreso técnico para el socialismo de Marx no es el crecimiento infinito de posesiones ("el tener") sino la reducción de la jornada de trabajo, y el crecimiento del tiempo libre ("el ser").
Sí, en la medida en que a menudo en los hallazgos a Marx o Engels (y más todavía en el marxismo ulterior) hay una tendencia a hacer del "desarrollo de las fuerzas productivas" el vector principal del progreso, así como una posición poco crítica hacia la civilización industrial, principalmente en su relación destructiva del medio ambiente.
En realidad, uno encuentra en los escritos de Marx y Engels elementos para nutrir estas dos interpretaciones. La cuestión ecológica es, en mi opinión, el desafío más grande para un renovación del pensamiento marxista en el umbral del siglo XXI. Ésta exige a los marxistas una revisión crítica profunda de su concepción tradicional de las "fuerzas productivas", así como una ruptura radical con la ideología del progreso lineal y con el paradigma tecnológico y económico de la civilización industrial moderna. Walter Benjamín fue uno de los primeros marxistas en el siglo veinte que propuso este tipo de problemas: desde 1928, en su libro Sentido único, denunciaba la idea de dominación de la naturaleza como una "instrucción imperialista" y propuso una nueva concepción de la técnica como "dominio de la relación entre la naturaleza y la humanidad". Algunos años después, en sus Tesis sobre el concepto de historia se propone enriquecer al materialismo histórico con ideas de Fourier, ese utópico visionario que había soñado "un trabajo que, lejos de explotar a la naturaleza, está en condiciones de aliviarla de las criaturas que duermen latentes en su seno." (2)
Hoy todavía los marxismos están lejos de haber colmado sus carencias en este terreno. Pero algunas reflexiones empiezan a atacar esta tarea. Una pista fecunda ha sido abierta por el activista ecológico y marxista americano James O'Connor: es necesario agregar a la primera contradicción del capitalismo, examinada por Marx, la existente entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, una segunda contradicción entre las fuerzas productivas y las condiciones de producción: los trabajadores, el espacio urbano, la naturaleza. Por su dinámica expansionista, el Capital pone en peligro o destruye sus propias condiciones, empezando con el ambiente natural -una posibilidad que Marx no había tenido suficientemente en consideración. (3)
Otro interesante acercamiento es sugerido en un reciente texto de un ecomarxista italiano: "La fórmula según la cual se produce una transformación de las fuerzas potencialmente productivas en fuerzas eficazmente destructivas, especialmente respecto al ambiente, nos parece más conveniente y más significante que el esquema muy conocido de la contradicción entre fuerzas productivas (dinámicas) y relaciones de producción (que las encadenan a las primeras). Por otra parte, esta fórmula permite dar una fundamento crítico y no apologético al desarrollo económico, tecnológico, científico, y por consiguiente para elaborar un concepto de progreso 'differentié' [diferenciado] (E. Bloch). (4)
Que sea marxista o no, el movimiento obrero tradicional en Europa -los sindicatos, partidos socialdemócratas y comunistas- permanece profundamente marcado aún por la ideología del "progreso" y por el productivismo, y, en ciertos casos, defiende, sin mayor cuestionamiento, la energía nuclear o la industria automotriz. Es verdad que un principio de sensibilización ecologista está en proceso de desarrollarse, principalmente en los sindicatos y partidos de izquierda en los países nórdicos, en España, en Alemania, etc.

2 nov. 2010

Manifiesto Ecosocialista argentino

El mundo ha llegado al siglo XXI inmerso en una realidad global preocupante. A pesar del crecimiento económico prolongado, la desigualdad, la pobreza, la injusticia y la violencia que caracterizaron al siglo XX no han sido resueltas, e incluso en muchos casos se han agudizado. A todo esto, debemos sumarle el hecho de que los límites a ese crecimiento han comenzado a ser evidentes, mostrando un mundo sumido en una crisis ecológica impensada hasta hace pocas décadas. El ser humano y su vida en la Tierra, tal como la conocemos, corren peligro.
Esta crisis ecológica no es producto de problemas coyunturales, ni de políticas erradas, sino que tiene su raíz en los fundamentos básicos de la sociedad en que vivimos y su modo de producción, el capitalismo. No es por descuido, ni tendencia suicida de la humanidad que se produce la degradación ambiental, sino que se relaciona con la ausencia de control y planificación democrática y participativa de la economía. Son las relaciones sociales de producción y distribución de mercancías imperantes en nuestra sociedad, las que destruyen el ambiente en el que vivimos y del cual somos parte.
El capitalismo, al producir un desarrollo sin precedentes de las fuerzas productivas con el único objetivo de aumentar la ganancia privada de unos pocos y considerar al trabajo humano y a la naturaleza como mercancías, degradó al planeta en los últimos 200 años mucho más que en los anteriores 4000. El calentamiento global, la contaminación del agua, la desertificación, y otras formas en que la crisis ambiental se expresa, son consecuencias directas de la apropiación privada de los productos del trabajo y de la búsqueda insaciable de excedentes. ¿Es racional pensar que un sistema que ni siquiera puede aplicar el trabajo humano en función de las necesidades humanas inmediatas pueda hacerlo para evitar la degradación ambiental?
La producción destinada a la creación de valores de cambio para el mercado y no a valores de uso realmente necesarios para la población, requiere de un excesivo consumo energético y de bienes naturales para subsistir, y debe crear necesidades donde no las hay, desarrollando mercancías inútiles y de poca duración. El “American Way of Life”, el “tener” antes que el “ser”, las relaciones humanas mediadas por las cosas, son parte de una cosmovisión burguesa que se impuso como modelo dominante en el mundo occidental y que hoy ha llegado a su máxima expresión, ponerle precio hasta a la propia atmósfera. Los derechos de contaminación y de emisión de gases de efecto invernadero, así como los denominados “bonos verdes” son ejemplos de cómo detrás de un discurso “ambientalista” el sistema de mercado sigue intentando dominar e imponer su lógica en todo lo que lo rodea.
En su necesidad constante de producir y vender mercancías, el régimen capitalista se extiende hasta lugares antes inimaginados, se mercantiliza el aire, el agua y la tierra, los cuales pasan a convertirse en meras cosas pasibles de ser compradas en el mercado. Existe una contradicción insalvable entre la característica inherente del capitalismo de autoexpandirse constantemente y los límites concretos y tiempos mucho más prolongados que requiere la naturaleza para reproducirse.
La desigualdad que genera este sistema no es sólo de carácter económico, como bien es descripta y analizada por el marxismo clásico, sino que además toma el carácter de desigualdad ambiental ya que por un lado es desigual en el acceso a los bienes naturales (cada vez más los grandes monopolios controlan y concentran la propiedad de la tierra y el agua) y por el otro genera desigualdad en la posibilidad de vivir en un ambiente sano. Las clases altas pueden “comprar” su medio ambiente, mientras que en los barrios pobres se concentran los mayores niveles de contaminación y acumulación de desperdicios. Las clases medias y bajas generan valor y riqueza con sus trabajos, pero reciben la contaminación y los desechos del consumo desmesurado de las clases altas. Así también, la naturaleza provee de la materia prima necesaria para la producción y recibe los desechos de la misma. De esta forma, la tierra y el trabajador crean riqueza y reciben desperdicios; ese es el medio ambiente construido por el sistema capitalista.
La misma desigualdad se traduce a nivel mundial. Los países más ricos de la tierra son los mayores generadores de desperdicios y contaminación por su excesivo consumismo, así como también los mayores responsables del calentamiento global (80% de las emisiones de gases de efecto invernadero), a pesar de que representan sólo un 20% de la población. EE.UU es el caso más emblemático y su modo de vida debería ser ejemplo de lo que no se debe hacer. Es el mayor responsable de la crisis ambiental actual. Además, es el mayor productor de armas del mundo, y su ejército tiene bases en todos los lugares del planeta donde hay bienes naturales estratégicos, lo cual demuestra un intento de control imperialista del ecosistema.
Es por esto que todo intento por evitar la degradación de la naturaleza, debe volver a plantear la urgencia de la revolución, de un cambio radical que ponga un freno a la marcha de la historia hacia un desastre ecológico de escala planetaria. Como no es posible “ecologizar” al capitalismo, para frenar la degradación de la naturaleza y defender el buen vivir del ser humano en el ambiente del cual forma parte, debemos erradicar al Capital de las relaciones sociales y construir un mundo nuevo, justo, igualitario y ambientalmente sustentable.
América Latina es una de las regiones del mundo más privilegiadas y ricas en biodiversidad y en bienes naturales escasos como el agua dulce. Pero también tenemos una historia larga de saqueo de nuestros recursos que se inicia con la llegada de los conquistadores europeos, y no se detiene con las independencias nacionales. Millones de hombres y mujeres de los pueblos originarios del continente indoamericano, cuya relación con la madre tierra fue siempre incomprensible para el hombre occidental, fueron masacrados para hacer posible el saqueo del oro y la plata, y así financiar el nacimiento y desarrollo del capitalismo.
A pesar de que los pueblos de América Latina han sido saqueados y explotados por más de 5 siglos, para el sistema financiero mundial son las naciones del tercer mundo las que le deben a los países del primer mundo. Si contamos todo el oro y la plata que se han extraído de las montañas americanas, las miles de hectáreas de bosques nativos talados, las tierras arrasadas con los monocultivos, etc., y si a todo eso le agregamos los costos que implica contrarrestar el efecto del cambio climático del cual no somos responsables, la deuda se invierte. Son los países del primer mundo los que le deben a los países pobres. Por eso es imprescindible crear un movimiento latinoamericano que exija el no pago de la deuda externa, y el cobro de la deuda ecológica. Latinoamérica tiene el desafío histórico de conformarse en una región ecológicamente sustentable y socialmente igualitaria, y así convertirse en la vanguardia del cambio mundial.
Actualmente, a pesar del surgimiento de gobiernos populares con intenciones de cambio del modelo neoliberal de los 80 y 90, algunos con discursos de contenido socialista y otros más moderados, el modelo económico de tipo extractivista y dependiente de las fuentes de energía fósiles, no ha sido modificado. Sin embargo, en todo el continente, desde la sociedad civil, surgen movimientos sociales, organizaciones de base y asambleas ciudadanas que se constituyen democráticamente y se movilizan en defensa de su ambiente y su calidad de vida, enfrentando, así, a los proyectos económicos que atentan contra sus derechos. Pero estos, en general, son movimientos “defensivos”, que reaccionan ante la amenaza concreta, sin un proyecto de cambio estructural, por lo cual resulta imprescindible avanzar políticamente con un programa a largo plazo. Es necesario que los movimientos ecologistas comprendan que a pesar de poder alcanzar logros parciales en cuanto al cuidado de la naturaleza, no podremos resolver el problema si no cuestionamos el sistema capitalista. De igual forma, los gobiernos latinoamericanos que están cuestionando el neoliberalismo de los 90, pero no el sistema capitalista en sí, llegan a un límite político en el que se debe decidir si se avanza hacia un cambio social verdadero o se conforman con reformas parciales que no resuelven los problemas de fondo.
En la Argentina, con un gobierno que a pesar de su retórica progresista y algunas medidas que intentaron un cambio con respecto a la política neoliberal, la política ambiental no ha mejorado, y el modelo económico basado en la exportación de soja y minerales se ha intensificado. Este modelo trae consecuencias gravísimas para la sustentabilidad de nuestros bienes naturales y agravan significativamente la desigualdad ambiental.
El código minero argentino es vergonzoso, es el marco legal que posibilitó una trágica combinación entre saqueo y agotamiento de recursos naturales, autoritarismo empresarial, complicidad institucional y contaminación y degradación del ambiente. Las características de la minería han cambiado profundamente con el surgimiento de los mega proyectos mineros de producción “a cielo abierto”, con un impacto ambiental altísimo, tanto en su aspecto ecológico, como en lo social y cultural. El consumo de agua (en zonas semidesérticas) y el gasto de energía que implica cada proyecto son muestras de cómo el sistema capitalista privilegia la creación de valor de cambio (dirigido a mercados globales) por sobre el valor de uso que tiene el agua y la energía para las poblaciones locales.
En cuanto al modelo sojero-exportador, no sólo se está desforestando montes y bosque nativos para la plantación de soja para exportar a China, reduciendo notablemente la cantidad de tierra cultivada para granos destinados a la alimentación, sino que además con el objeto de obtener mayor beneficio económico los productores implementan la “siembra directa”, que junto a la utilización de agroquímicos contaminantes sólo dejan viva a la planta de soja, destruyendo así la fertilidad de la tierra. De esta forma, se pone en riesgo la soberanía alimentaria y la salud de la población con el objetivo de que una minoría obtenga ganancias extraordinarias en pocos años.
Por otro lado, la libre disponibilidad de divisas hizo que, con la privatización de YPF, cayeran en forma vertical las inversiones en exploración de petróleo y gas y hoy sea crítica la situación de reservas. Al mismo tiempo que se extranjerizó la base energética del país, no se desarrollaron tecnologías sustentables que puedan reemplazar al petróleo y al gas cuando estos se agoten. En el sector pesquero, con el caso de la merluza, se está repitiendo lo acaecido tiempo atrás en Perú, donde prácticamente se diezmó la producción ictícola por efecto de la sobreexplotación.
En todos estos casos existe una lógica, se privilegia la ganancia capitalista del momento, revelándose la incapacidad del capitalismo de planificar a largo plazo y el beneficio de una minoría por sobre las necesidades básicas de la población. Por todo esto resulta imprescindible volver a plantearnos la necesidad de una planificación mundial de la economía con un sentido social y ecológico, pero efectuada desde abajo, con la participación activa de todas y todos los creadores de riqueza.
Desde el Ecosocialismo proponemos una transformación radical de la sociedad, cuya importancia recaiga en el “Ser” y no en el “Tener”. Tenemos como horizonte una revolución económica, social, política y cultural que requiere empezar a construir aquí y ahora los fundamentos de una nueva sociedad. Una sociedad que se base en:

a) igualdad social
b) democracia participativa
c) nueva racionalidad de carácter ecológico
d) colectivización de los medios de producción
e) planificación democrática y participativa de la inversión, la producción y el consumo
f) nueva estructura tecnológica ecológica de las fuerzas productivas.

Debemos impulsar urgentemente políticas de transformación a nivel nacional y regional, desde una óptica ecológica y socialista. Reducir la jornada laboral; promover una planificación democrática de la explotación de bienes naturales según las necesidades sociales (locales, nacionales y regionales); impulsar el desarrollo de las energías renovables con menor degradación ambiental: hidráulica, eólica, solar, geotérmica, etc.; transformar la producción agrícola y ganadera orientándola hacia la integración y aprovechamiento de las ventajas regionales para alcanzar la soberanía alimentaria; permitir la extracción únicamente de minerales que sean imprescindibles para la construcción y la producción industrial y no para artículos de lujo; darle prioridad al uso del agua dulce para consumo humano y riego de la producción agrícola; sanear las cuencas hídricas; impulsar el desarrollo tecnológico y científico ecológico; promover el reciclaje de residuos; y ampliar y mejorar el transporte público. Estas y muchas medidas más son las que debemos impulsar para comenzar la transformación del mundo.
Una sociedad de este tipo requiere la movilización y participación activa de la población, ya sea que asuman indistintamente un rol de productores o de consumidores. Por tanto, significa también una revolución cultural donde primen las acciones colectivas por sobre el individualismo.
En este momento histórico resulta imperioso que el marxismo tradicional se libere de las concepciones del progreso ilimitado de las fuerzas productivas imperantes en lo que se denominó el “socialismo real” del campo soviético e incorpore la dimensión ecológica como parte de la transformación social; así también, la tradición ambientalista debe liberarse de concepciones neomalthusianistas, economicistas y tecnicistas, e incorporar el análisis marxista de las relaciones sociales y de la concepción de la naturaleza.
Debemos impulsar la creación de un nuevo movimiento político, social y ecológico fundado en la crítica marxista del sistema capitalista y que al mismo tiempo sea capaz de nutrirse y articular con los sectores anticapitalistas de otras tradiciones políticas y culturales anticapitalista (anarquismo, indigenismo, ambientalismo, feminismo, etc.) y ampliar las bases sociales hacia todos los que se sientan afectados social, cultural o ambientalmente por la dominación del Capital y la lógica del mercado.
El ecosocialismo representa la convergencia, inevitable, entre las luchas sociales y económicas y las luchas ecológicas, ya que ambas terminan en la misma conclusión: para alcanzar soluciones finales a nuestras problemáticas, debemos destruir el capitalismo. El objetivo es una sociedad establecida sobre nuevas bases: asociación en vez de competencia; planificación democrática de la economía en vez de comercio y lucro; trabajo, energía y recursos para satisfacción de toda la población y no para lujo de unos pocos.
El ecosocialismo debe conformarse en un movimiento que, a partir de las particularidades de cada región, se articule a nivel global, ya que el enemigo al que debemos enfrentar y el riesgo que afrontamos son de escala planetaria. Desde la diversidad de cada lucha, debemos plantearnos objetivos de cambios radicales a nivel mundial. Para proteger el planeta, debemos cambiar el mundo.