17 mar 2011

EL SANTO PREFERIDO DE LA EMBAJADA - Santiago O’Donnell (Wikileaks en Página 12)

LAS PRESIONES DE EE.UU. EN FAVOR DE LA TRANSNACIONAL MONSANTO

Mientras ecologistas y agricultores discutían los efectos dañinos de la soja transgénica o el uso de glifosato, Monsanto consiguió que el gobierno de los Estados Unidos representara sus intereses en la Argentina.

A lo largo del gobierno de Néstor Kirchner primero y de Cristina Fernández después, importantes funcionarios y congresistas de Estados Unidos, además de sucesivos embajadores, presionaron a la Casa Rosada para que facilitara a la empresa Monsanto el cobro de regalías por el uso de semillas transgénicas. Lo que empezó como un duro enfrentamiento, con cargamentos de harina de soja incautados en puertos europeos en el 2004 y 2005, se encaminó hacia una negociación sobre la nueva generación de semillas, dejando atrás el intento de cobro de Monsanto, señala una serie de cables filtrados por Wikileaks a los que tuvo acceso Página/12.
El conflicto se originó cuando, durante la presidencia de Carlos Menem, Monsanto introdujo la semilla Roundup en la Argentina, la del gen resistente al glifosato, pero no registró la patente. Prefirió cobrar regalías a través de las licencias. Los reclamos de Monsanto no se hicieron públicos hasta que llegaron las primeras noticias sobre embargos en Europa, pero, según funcionarios argentinos citados en los cables, comenzaron en privado durante la presidencia de Néstor Kirchner. Los cables también demuestran que esos reclamos llegaron a su máxima intensidad en 2008, durante el conflicto entre el Gobierno y la Mesa de Enlace.
Monsanto dice que el 85 por ciento de la soja que se produce en la Argentina se hace con su fórmula, pero menos de un tercio paga regalías, porque los demás usan semillas argentinas que vienen de esas plantas pero no tributan a Monsanto. Si bien el lobby oficial estadounidense a favor de Monsanto fue incesante, hasta los propios analistas de la embajada reconocieron en los cables que el reclamo era dudoso: “Los granjeros argentinos tienen derecho a replantar –no a revender– semillas generadas en una cosecha originada en semillas registradas sin pagar regalías, pero no a venderlas”, dice un cable de marzo del 2006 firmado por el entonces embajador Lino Gutiérrez.
La empresa reclamaba un pago de quince dólares por tonelada, lo cual dejaría a muchos pequeños productores en una situación difícil. Como en algunos países de Europa Monsanto había patentado su gen, les había hecho juicio a los importadores europeos con la intención de cobrarles las regalías a ellos. Pero los juicios no tenían mucho sustento legal, porque las importaciones no eran de semillas. A medida que las causas judiciales en Europa se fueron cayendo, y los embargos cesaron, los reclamos estadounidenses perdieron fuerza.
El investigador Carlos Correa escribió en 2006 en Le Monde Diplomatique un artículo en el que sugería entender el caso Monsanto equiparándolo a otro. “Supongamos que en el país A se produce tomate tratado con un pesticida que no está patentado allí. El tomate se exporta a un país B, donde sí existe patente sobre el pesticida. Naturalmente, si se examinara el tomate, se hallarían moléculas del pesticida. ¿Podría el titular de la patente impedir su importación por este motivo? Sería, obviamente, un absurdo. Una respuesta afirmativa daría un poder ilimitado a los titulares de patentes para restringir el comercio, no ya de sus propios productos, sino de todo aquello que se derive de ellos o lo contenga de alguna forma, aun residual.”
Según los cables, la presión estadounidense se intensificó a partir de 2006. Un despacho del 17 de enero de ese año da cuenta de un encuentro entre Lino Gutiérrez y la entonces ministra de Economía, Felisa Miceli. “El embajador mencionó el caso de la empresa de biotecnología Monsanto al final de la reunión. Explicó que Monsanto había intentado todas la medidas posibles para atender su necesidad de obtener una regalía por su semilla de soja GMO Roundup Ready. En ausencia de una solución doméstica, está progresando con acciones legales en un número de países europeos que importaron soja argentina. Miceli contestó que había hablado con las cuatro asociaciones agrícolas más interesadas en el tema. Estas asociaciones dijeron que Monsanto tenía derecho a exigir una regalía. El problema era ponerse de acuerdo en el precio. ‘Creo que podemos ponernos de acuerdo’, dijo ella.”
Al mes siguiente llegó una delegación de congresistas estadounidenses presidida por el poderoso presidente del Comité de Finanzas, Charles Grassley, del estado cerealero de Indiana. En su reunión con funcionarios argentinos no terminó de la mejor manera, porque el entonces secretario de Relaciones Económicas Internacionales de la Cancillería, Alfredo Chiaradía, y el entonces secretario de Agricultura, Miguel Campos, defendieron la postura argentina de no negociar bajo presión. “La reunión terminó con una discusión sobre la disputa con Monsanto por la regalías por las semillas de soja modificadas genéticamente”, dice el cable. Y agrega: “Chiaradía cuestionó la intención verdadera detrás de los esfuerzos de Monsanto por cobrar regalías..., señalando que sólo se había convertido en un tema cuando expiró la patente del herbicida (glifosato) de Monsanto. Dijo que el gobierno estaba listo para negociar tanto las regalías como la segunda generación de semillas. Pero agregó que no lo haría con una pistola apúntandole, en referencia a las acciones legales que tomó Monsanto en Europa en contra de los cargamentos de soja argentina”.
Diplomático de carrera y experto en negociaciones comerciales, Chiaradía es el actual embajador argentino en los Estados Unidos.
Grassley le contestó que el tema no era sólo de patentes, o sea con una empresa, sino comercial, o sea que involucraba al gobierno de Estados Unidos.
“El senador Grassley señaló que, además de ser un tema de patentes, la disputa con Monsanto era un tema comercial, porque los granjeros estadounidenses que pagan regalías están en desventaja con respecto a los cultivadores argentinos.
Campos se encargó de contestarle. “Le dijo al congresista que la Argentina y Estados Unidos siempre habían trabajado codo a codo los temas de biotecnología, pero que la disputa con Monsanto estaba amenazando el futuro de la agricultura argentina.”
En junio del 2006 fue el congresista de Virginia Bob Goodlate quien presionó a favor de Monsanto en una reunión con Chiaradía, dice otro cable. “Goodlate sacó el tema de las regalías de la soja biotecnológica de Monsanto, haciendo notar que la fuerza de la economía estadounidense estaba atada a la capacidad de innovar de empresas como Monsanto... Chiaradía argumentó que el caso estaba basado en un malentendido sobre qué debe ser protegido. Mientras dijo que Monsanto debería ‘capturar la recompensa’ por el uso de su producto, la idea se aplicaba a la semilla misma, no a los productos derivados de la soja.”
En noviembre del 2006 el embajador Gutiérrez insistió sobre el tema con la ministra Miceli. “El embajador le pidió a Miceli que apoyara la última propuesta de Monsanto para resolver sus disputas con los productores argentinos... Miceli dijo que se había reunido con Monsanto en el pasado y, aunque el gobierno no puede aparecer como tomando partido en lo que es esencialmente una negociación entre Monsanto y agricultores locales, apoyará una solución.”
Al mes siguiente Gutiérrez volvió a sacar el tema, esta vez delante del ministro de Planificación, Julio De Vido, quien le recomendó que se pusiera en contacto con el secretario de Agricultura Javier de Urquiza, reemplazante de Campos, quien a su vez dijo que el tema era muy complicado porque había varias partes involucradas.
Según el cable, el secretario le dijo al embajador que estaba dispuesto a comenzar una discreta negociación. “De Urquiza se comprometió a sentarse con los accionistas con el objetivo de reanudar negociaciones. Enfatizó que las reuniones deben tener un perfil muy bajo si van a tener éxito.”
De Urquiza ya no conserva hoy su cargo en el área de Agricultura, a cargo del ministro Julián Domínguez.
En enero de 2007 el embajador volvió a insistir ante Miceli. “El embajador dijo que Monsanto sentía que necesitaba por lo menos una señal informal de aceptación del gobierno de Argentina para que los productores se sumen. Miceli respondió que Monsanto debería llevarle una oferta preaprobada y que ella trabajaría para apoyarla.”
A la semana siguiente una delegación de Departamento del Tesoro encabezada por el funcionario John Vernau actuó de portavoz del reclamo de Monsanto ante funcionarios argentinos.
En abril de 2008 el embajador Earl Anthony Wayne ya había sacado el tema delante del subsecretario para América latina, Tom Shannon, en una reunión con Alberto Fernández y la presidenta Cristina Kirchner. “Compañías como Monsanto están muy interesadas en una nueva aproximación a su trabajo en la Argentina”, dijo Wayne.
En agosto de 2008 visitó la embajada el presidente de Monsanto Argentina Juan Ferreira, para agradecer los esfuerzos diplomáticos a favor de su empresa. Por entonces las acciones legales en Europa habían perdido efectividad. “(Ferreira) explicó que Monsanto continúa con su estrategia revisada de focalizarse en el futuro y asegurarse protección legal para sus nuevas tecnologías que introducirá en el futuro... Monsanto no tuvo discusiones de alto perfil con el gobierno por las regalías durante el extendido paro granjero, pero ha mantenido contactos con organizaciones agrarias y gobernadores provinciales para asegurarse de que los proveedores sean pagados para introducir nuevas tecnologías para mejorar la producción en la Argentina.”
En septiembre de 2008 fue el turno del entonces secretario de Agricultura Charles Conner, quien sacó el tema ante De Urquiza, señala otro cable.
En diciembre de 2008 el encargado del lobby fue el representante Colin Peterson, presidente de la Comisión de Agricultura de la Cámara baja. “El representante Peterson le preguntó a De Urquiza por temas de comercio, incluyendo el pago de regalías por las semillas de soja usadas con tecnología de Monsanto.”
En marzo de 2009 el embajador Wayne volvió a insistir esta vez ante el nuevo secretario de Agricultura, Carlos Cheppi, y la ministra de Producción, Débora Georgi. “El embajador señaló la importancia de solucionar la prolongada disputa entre el gobierno y Monsanto por el pago de regalías”, informa el despacho enviado al Departamento de Estado. “Cheppi explicó que el gobierno estaba trabajando en una nueva ley de semillas con aportes de todas las partes involucradas, para resolver el problema, pero que la disputa con el sector del campo frenó el movimiento. Dijo que ya hay un acuerdo general sobre lo que se necesita hacer.”

EN MANOS DE CAPITALISTAS, JAPÓN Y EL MUNDO QUE CONOCEMOS, SE ACERCAN A SU FINAL - Carlos Petroni

En manos del capitalismo, la energía nuclear es suicidio colectivo. Lo demuestra ahora Fukushima, donde los seis reactores que posee la planta están fatalmente dañados y empiezan a liberar nubes de radioactividad que comprometen la vida de millones. Fukushima no es sino el recordatorio mas visible de Chernobyl, Three Mile Island y docenas de otros “accidentes”.
Fukushima era una planta nuclear obsoleta de los años 60. Construída como una ruleta rusa gigantesca sobre fallas sísmicas conocidas, a muy poca distancia del mar y sus potenciales tsunamis y en medio de una población de docenas de millones de habitantes.
Ahora, en medio del desastre, comienza a emerger la historia de un gobierno y empresas japonesas y extranjeras que ocultaron accidentes anteriores, negaron el necesario mantenimiento a la planta y la construyeron, y con el tiempo la ampliaron, teniendo en vista exclusivamente las ganancias potenciales para los capitalistas.
La naturaleza, con su violencia, puso al descubierto en un día, la fragilidad de la tecnología nuclear empleada recortando costos, arriesgando innecesariamente, solo para proporcionar energía eléctrica fundamentalmente para las grandes industrias japonesas. También expuso como un hueso triturado los limites de una tecnología que no tiene recursos para reparar los daños en caso de un “accidente” como el de Fukushima.
Sencillamente, no hay nada que la ciencia y el gobierno japonés puedan hacer para resolver la catástrofe. Una vez desencadenada solo resta esperar los cientos de miles, tal vez millones de muertos, la ruina económica del país, ante la mirada aun shockeada de los trabajadores y sectores populares japoneses y del mundo y la más cruda indiferencia edulcorada con palabras criticas y acciones simbólicas de todos los burgueses del país y del mundo.
Alemania decide entonces cerrar plantas nucleares obsoletas, el gobierno francés se expresa en duros términos contra el japonés por permitir que se haya desatado esta crisis; el imperialismo norteamericano corre a ocultar sus propias fallas nucleares en cierne. Hasta el “progresista” Chávez debe congelar su plan de construcción y desarrollo nuclear porque “descubre” que, aunque aun en la etapa de planeamiento y construcción, encierra todos los peligros que desató la tragedia japonesa.
Todo esto es un reconocimiento de las intenciones criminales de la clase burguesa internacional que no tiene el más mínimo reparo en derramar hoy lágrimas de cocodrilo y esperar pacientemente que el tiempo haga olvidar este nuevo asesinato en masa. Ya pasó, repetimos, en Chernobyl y Three Mile Island y en muchas otras instancias. Luego volverán, si pueden, a las mismas prácticas.
El capitalismo debe proporcionar ganancias a los emprendimientos energéticos para el consumo de sus maquinarias industriales. Todo lo demás se supedita a ello, incluso la vida, los hogares, los trabajos y la seguridad de todos los demás habitantes del planeta. Se reducen las regulaciones y, cuando no, se circunvalan; se ocultan los accidentes; se utilizan materiales inferiores; se recortan costos de mantenimiento; se cercenan salarios de los trabajadores; se economiza en la investigación tecnológica de resolución de catástrofes; se estira la vida productiva de las plantas mucho más allá de la expectativa de vida de las mismas; se deja librado al azar y los contorneos políticos la disposición de residuos y como lo ha demostrado fehacientemente, se construye y trabaja en zonas específicas donde hacerlo es una invitación diaria al genocidio nuclear.
Los gobiernos colaboran en esta tarea de incentivar las ganancias haciendo oídos sordos a las quejas de científicos e investigadores, no aplicando las leyes existentes o aguándolas aun más, extendiendo permisos a plantas más allá de su expectativa de vida útil. Las empresas han llegado al colmo de ni siquiera informar a los gobiernos, mucho menos al público, de los desastres. Ahí queda la anécdota del Primer Ministro japonés que se entero de la última explosión en los reactores de Fukushima por los medios de difusión. Tanta es la impunidad que sienten los empresarios.
Como durante el desastre del Huracán Katrina en Nueva Orleans o los devastadores tsunamis del 2004 en Asia que dejaron mas de 300.000 muertos en una docena de países, las defensas costeras, los avisos adelantados de la proximidad de los desastres, los planes de evacuación y la asistencia inmediata a las víctimas simplemente no existieron o se evaporaron en los primeros momentos. Los gobiernos estuvieron ausentes en la prevención y luego en el remedio y la asistencia inmediata.
En Japón, el desastre nuclear también expuso ese papel del gobierno burgués. En mares de terremotos, maremotos y tsunamis, las grandes olas invadieron cientos de kilómetros de tierras que no deberían haber estado pobladas, destruyeron defensas insuficientes como si fueran de papel y anegaron plantas petroquímicas y nucleares que no deberían haber estado construidas donde estaban.
Claro que esto no se limita a las plantas nucleares. Se hace en todas las industrias. ¿Recuerdan Bhopal y el desastre petroquímico de Union Carbide en 1984 en la India?, ¿y los derrames de petróleo en Alaska y mas recientemente en el Golfo de México y otros cientos de ellos ocurridos en la última década solamente? ¿Los aviones que se caen, los trenes que descarrilan, los colectivos que chocan porque se han eliminado regulaciones, recortado mantenimiento, extendido la vida útil de los mismos e incentivando las ganancias sobre la seguridad?
El desastre de Fukushima es mucho más letal y masivo, tiene el nivel de un genocidio capitalista y por ello sacude la conciencia del mundo. Pero el capitalismo y los burgueses aplican las mismas prácticas en cuanta industria poseen, en mayor o menor escala, en todas ellas. Y en todo el final puede ser cuantitativamente mayor o menor, pero siempre el resultado es nuestra muerte y la muerte paulatina del planeta.
La vorágine del consumo, sobre todo en los países industrializados y entre las clases sociales dominantes y las privilegiadas está poniendo excesiva presión sobre los recursos naturales y una superexplotación desmedida de la naturaleza agravando la reacción de la misma ante la violación sin límite de su balance. Así, inundaciones y tsunamis, terremotos y huracanes golpean sobre la sociedad humana que no ha sabido ni ha querido evitar tal destino mediante la planificación mundial de recursos y ubicación geográfica de los mismos, amen de aliviar el consumo innecesario y la anarquía de la producción capitalista que agrava lo que son fenómenos naturales.
El capitalismo, como sistema mundial está exhausto. Vive un periodo de agonía mortal y es allí cuando es mucho más peligroso. Ha movilizado todas las defensas para sobrevivir lo inevitable y ha contado para ello con el endurecimiento de sus regímenes políticos, el recorte de los beneficios democráticos de antaño de las masas e impulsado una devastación extrema para suplir lo que no ha sabido crecer sustentablemente. Es hora de acabarlo o él acabará con el planeta y con la civilización humana tal cual la conocemos.
Todos los pueblos del mundo pueden mirarse en el espejo de África (mutilada de sus recursos, violada con guerras e invasiones, luchas tribales y enfermedades y pandemias que liquida uno tras otro los estados nacionales) o en la tragedia devastadora en curso que hará desaparecer al Japón que conocemos hoy y lo transformará en una ruina de su pasado. Ese es el futuro de todos nosotros en manos de los capitalistas.
Fuente: http://www.izquierda.info/

25 dic 2010

ESPECIAL CAMBIO CLIMÁTICO: LA ECONOMÍA DE LA NATURALEZA

http://www.clarín.com/ 22/12/10

El enfoque de expresar en dinero el valor de los ecosistemas gana adeptos. Economistas ecológicos exigen que los costes de la destrucción de la naturaleza se incluyan en la toma de decisiones empresariales. Una producción de la Deutsche Welle.
Por Torsten Schäfer y Emili Vinagre (edición)
¿Qué valor tiene un bosque? ¿Cuál es el rendimiento económico que genera una abeja? ¿Y a cuánto asciende el servicio que prestan los manglares? Preguntas que, hasta ahora, no han jugado un papel demasiado destacado en la política medioambiental. El motivo, que hasta la fecha apenas se ha cuantificado económicamente el valor de los servicios que presta la naturaleza. Sin embargo, esta nueva perspectiva económica ha cobrado un nuevo impulso a raíz del estudio que los países miembros del G-8 encargaron en 2007 al Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Un estudio con un objetivo: calcular el valor económico de la diversidad ecológica del planeta.
El modelo para el denominado Estudio TEEB (The Economics of Ecosystems and Biodiversity, "La economía de los ecosistemas y la biodiversidad") lo constituye el Informe Stern, en el cual el economista británico Nicholas Stern calculó en 2006 los costes de un cambio climático sin freno. "Con el TEEB queremos hacer ver el capital latente que se esconde en la naturaleza. Y conseguir que el valor de la naturaleza influya en mayor medida en la toma de decisiones políticas y económicas", explica Christoph Schröter-Schlaack, quien colabora en la elaboración del estudio a través del Centro Helmholtz de Investigación Medioambiental (UFZ) de Leipzig.
Recursos forestales valiosos
El informe final del Estudio TEEB se presenta a finales de octubre en Japón. En diciembre, la economía de la naturaleza protagonizará la Cumbre del Clima de Cancún, donde se debatirá cómo contemplar los recursos forestales en un acuerdo climático. Los ministros de medio ambiente, además, discutirán la creación de un fondo de protección de los bosques. Un fondo que financiará a los países en vías de desarrollo que protejan sus bosques en lugar de permitir su explotación económica. Países del sur, como Brasil, Ecuador y Guyana, presentarán sus propios conceptos al respecto. La referencia en cuanto a protección forestal es, según Schröter-Schlaack, Costa Rica.
La utilidad económica de los bosques es inmensa. Según el Estudio TEEB, la deforestación provoca cada año pérdidas de capital natural de entre dos y cinco billones de dólares. Por el contrario, la conservación del bosque amenazado costaría sólo 45.000 millones de dólares.
Los servicios que prestan los árboles
Cuanto más pequeño es el ecosistema, más exactos son los estudios. Por ejemplo, según el Centro Helmholtz de Leipzig, el valor de una hectárea de bosque urbano en Friburgo durante cien años asciende a casi 13.000 euros. El bosque ejerce de filtro para el aire y el agua, de almacén de CO2, suministra madera, da trabajo a los técnicos forestales y sirve para que los habitantes de Friburgo, por ejemplo, puedan practicar deporte al aire libre sin tener que pagar por ello.
El estudio recoge reflexiones similares que constatan hechos elementales. Por ejemplo, que la diversidad de especies eleva el rendimiento de un ecosistema. Y que las desembocaduras de los ríos, así como los bosques de manglares, son especialmente valiosos. Paisajes que contribuyen a la protección ante el aumento del nivel del mar y ejercen de piscifactorías. Un ejemplo: la conservación de 12.000 hectáreas de manglares en Vietnam cuesta 1.100 millones de dólares al año. Por el contrario, el mantenimiento de diques que protejan artificialmente de las crecidas costaría 7.300 millones de dólares.
Las inversiones para la construcción de diques repercuten en el Producto Interior Bruto (PIB) de Vietnam. La contribución de los manglares, sin embargo, no consta en ningún lugar. Al contrario: su destrucción hace posible, en un primer momento, el crecimiento del PIB, algo que critican los economistas ecológicos. Reclaman un nuevo concepto a la hora de evaluar a los indicadores de crecimiento relacionados con el medio ambiente. El economista estadounidense Robert Costanza exige que las compañías abonen un fondo de previsión cuando lleven a cabo proyectos de riesgo. Un dinero que les sería devuelto si finalmente la ejecución de los proyectos no genera daños a la naturaleza o éstos son muy escasos. Según Costanza, British Petroleum (BP) debería haber aportado más de una cuarta parte del valor de la empresa por las perforaciones petrolíferas en el Golfo de México: "¿Cuál habría sido la reacción? O bien no haber llevado a cabo las perforaciones o bien haber buscado fórmulas para reducir el riesgo. Es decir, haber invertido más dinero en desarrollar tecnologías de seguridad".
La pesca como negocio ruinoso
Una catástrofe petrolífera que permite calcular cuánto valdría la pena tomar precauciones en materia de protección del medio ambiente. De ello también podría sacar provecho, y no en último término, la pesca mundial. Aunque aún no se dispone de estudios precisos al respecto, el Banco Mundial cuantifica en 50.000 millones de dólares las pérdidas anuales de la industria pesquera. El motivo, que cada vez se captura menos pese al aumento de los gastos destinados a barcos y aparejos de pesca. Más aún: el experto en pesca del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), Stephan Lutter, destaca que los costes de la destrucción de valiosos arrecifes de coral a través del uso de redes de arrastre, por la captura accesoria o la pesca ilegal no se cuantifican. "Actualmente, sólo hay perdedores en la locura de la pesca", afirma Lutter.
Es necesario un cambio urgente de mentalidad. Algo a lo que deberían contribuir estudios como el TEEB. Su mensaje se puede resumir en una cifra: 1:100 es la fórmula de la economía de la naturaleza. Es decir, que la naturaleza devuelve, de media, 100 euros, por cada euro de inversión en medidas de protección. A través de valiosos servicios cuyo valor hasta ahora no se ha apreciado en su justa medida.
http://www.clarin.com/sociedad/medio_ambiente/Especial-cambio-climatico-economia-naturaleza_0_394760700.html

16 dic 2010

LA DESTRUCCIÓN DE LA BIODIVERSIDAD TIENE LAS MISMAS CAUSAS QUE LA DEGRADACIÓN SOCIAL - Robert Barbault

ENTREVISTA CON EL BIOLOGO FRANCES ROBERT BARBAULT
Página 12 – 4 de diciembre de 2010

“La destrucción de la biodiversidad tiene las mismas causas que la degradación social”

Barbault es un reconocido especialista de la biología de las poblaciones humanas y, a partir de los años ’80, uno de los primeros que reflexionó sobre el concepto de “biodiversidad”. En su reflexión se aúnan dos fuentes disociadas: la ecología naturalista y la ecología política. El resultado resalta una evidencia no siempre destacada: “Nuestra existencia se funda sobre los sistemas vivientes”. De allí su cruzada científica contra el crecimiento del PIB como única variable del desarrollo y su defensa de una “cooperación” con el tejido viviente del planeta.

Por Eduardo Febbro

Desde París

¿Qué es la vida? Un paseo a través de las pasarelas de la Galería de la Gran Evolución del Museo de Historia Natural de París bosqueja una respuesta singular: los elefantes, los dinosaurios, las jirafas, las cebras, los monos, los tigres, los rinocerontes, las focas, los incontables pájaros y mariposas componen un retrato alucinante de la diversidad de la vida terrestre. Del silencio atomizado de esos animales, de su eterna inmovilidad científica ofrecida a la observación, se desprende una sensación de admiración, de extrañeza y de hermandad sustancial con aquel laberinto de especies. La terminología moderna define esa variedad de seres vivos que pueblan la Tierra con un término no siempre comprendido en su exacta profundidad: la biodiversidad, eso que el biólogo francés Robert Barbault llama “el tejido viviente del planeta”. Tejido, red, malla, entrelazado, entramado, la relación entre las especies es una interconexión permanente que no excluye al ser humano. Barbault es un reconocido especialista de la biología de las poblaciones humanas y, a partir de los años ’80, uno de los primeros que reflexionó sobre el concepto de “biodiversidad” que el entomólogo Edward Wilson puso de moda cuando advirtió sobre la acelerada desaparición de las especies. Biólogo, profesor en la Universidad de París VI y director del Departamento Ecología y Gestión de la Biodiversidad en el Museo Nacional de Historia Natural, Barbault ha explorado ese “tejido viviente” pero no como una curiosidad científica sino en su relación más directa y peligrosa con las sociedades humanas. En su libro más célebre, El elefante en la cacharrería (Editorial Laetoli, 2009), el biólogo francés analizó la “destrucción programada de la biodiversidad” bajo la presión del crecimiento de las sociedades humanas. La Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN) calcula que una tercera parte de las especies animales o vegetales están amenazadas de extinción y que la velocidad de esa extinción es mil veces más elevada que el ritmo natural. Barbault aúna en su reflexión dos fuentes disociadas: la ecología naturalista y la ecología política. El resultado es un trabajo riguroso y claro que resalta una evidencia no siempre destacada por la ecología política: “nuestra existencia se funda sobre los sistemas vivientes”, todo lo que consumimos “proviene de los seres vivos”. De allí su cruzada científica contra el crecimiento del PIB como única variable del desarrollo y su defensa de una “cooperación” con el tejido viviente del planeta, es decir, con los seres vivos. Robert Barbault observa a menudo que de la biodiversidad sólo percibimos la palabra, que Occidente vive tan alejado de la biodiversidad que hasta perdió la conciencia de que la aventura del ser humano en el planeta es posible gracias a ella, incluso cuando consumimos gas o petróleo. ¿Qué es la vida? Pues precisamente eso: un tejido de diversidades que la especie humana se ha empeñado en destruir.

15 dic 2010

MANIFIESTO ECOSOCIALISTA - Joel Kovel y Michael Lowy

El siglo XXI se inicia de manera catastrófica, con un grado sin precedentes de deterioro ecológico y un orden mundial caótico, amenazado por el terror y por conglomerados de guerra desintegradora, de baja intensidad, que se extienden como gangrena a través de amplios segmentos del planeta -África Central, Medio Oriente, Asia Central y del Sur y noroeste de Sudamérica- y reverberan a través de las naciones.
En nuestra visión, la crisis ecológica y la crisis de deterioro social están profundamente interrelacionadas y deben ser vistas como distintas manifestaciones de las mismas fuerzas estructurales. La primera se origina ampliamente en la industrialización rampante que desborda la capacidad de la Tierra para amortiguar y contener la desestabilización ecológica. La segunda se deriva de la forma de imperialismo conocida como globalización, con efectos desintegradores en las sociedades que encuentra a su paso. Más aun, estas fuerzas subyacentes son esencialmente aspectos diferentes de una misma corriente, que debe ser identificada como la dinámica central que mueve a la totalidad: la expansión del sistema capitalista mundial.
Rechazamos todos los eufemismos o la suavización propagandística de la brutalidad de este régimen: todo intento de lavado verde de sus costos ecológicos, toda mistificación de sus costos humanos en nombre de la democracia y los derechos humanos. Insistimos, por el contrario, en mirar al capital desde la perspectiva de lo que realmente ha hecho.
Actuando sobre la naturaleza y su equilibrio ecológico, el régimen capitalista, con su imperativo de expansión constante de la rentabilidad, expone los ecosistemas a contaminantes desestabilizadores; fragmenta hábitats que han evolucionado durante eones para permitir el florecimiento de los organismos, despilfarra los recursos y reduce la sensual vitalidad de la naturaleza al frío intercambio requerido por la acumulación de capital.
En lo concerniente a la humanidad y sus demandas de autodeterminación, comunidad y una existencia plena de sentido, el capital reduce a la mayoría de la población mundial a mero reservorio de fuerza de trabajo, mientras descarta a muchos de los restantes como lastre inútil. Ha invadido y erosionado la integridad de las comunidades a través de su cultura global de masas de consumismo y despolitización.
Ha incrementado las desigualdades en riqueza y poder hasta niveles sin precedentes en la historia humana. Ha trabajado en estrecha alianza con una red de estados clientes serviles y corruptos, cuyas élites locales ejecutan la tarea de represión ahorrándole al centro el oprobio de la misma. Y ha puesto en marcha una red de organizaciones supraestatales bajo la supervisión general de los poderes occidentales y del superpoder Estados Unidos, para minar la autonomía de la periferia y atarla al endeudamiento, mientras mantiene un enorme aparato militar para asegurar la obediencia al centro capitalista.
Creemos que el actual sistema capitalista no puede regular, y mucho menos superar, las crisis que ha desatado. No puede resolver la crisis social y ecológica, porque hacerlo requiere poner límites a la acumulación -una opción inaceptable para un sistema cuya prédica se apoya en la divisa: ¡crecer o morir ! Y no puede resolver la crisis planteada por el terror y otras formas de rebelión violenta porque hacerlo significaría abandonar la lógica imperial, lo que impondría límites inaceptables al crecimiento y a todo el "modo de vida" sostenido por el ejercicio del poder imperial. Su única opción restante es recurrir a la fuerza bruta, incrementando así la alienación y sembrando las semillas del terrorismo... y del antiterrorismo que lo sigue, evolucionando hacia una variante nueva y maligna de fascismo.

ANTICAPITALISMO Y JUSTICIA CLIMÁTICA - Esther Vivas

El cambio climático es, a día de hoy, una realidad innegable. El eco político, social y mediático de la cumbre de Copenhague, en diciembre 2009, fue buena prueba de ello. Una cumbre que mostró la incapacidad del propio sistema capitalista de dar una respuesta creíble a una crisis que él mismo ha creado. El capitalismo verde se apunta a la carrera del cambio climático, aportando una serie de soluciones tecnológicas (energía nuclear, captación de carbono de la atmósfera para su almacenamiento, agrocombustibles, etc.) que generarán mayores impactos sociales y medioambientales. Se trata de soluciones falsas al cambio climático que intentan esconder las causas estructurales que nos han conducido a la situación actual de crisis y que buscan hacer negocio con la misma, a la vez que plantean la contradicción entre el cálculo cortoplacista del capital y los ritmos largos del equilibrio ecológico.

En este contexto, es urgente un movimiento capaz de desafiar el discurso dominante del capitalismo verde, señalar el impacto y la responsabilidad del actual modelo de producción, distribución y consumo capitalista y vincular la amenaza climática global con los problemas sociales cotidianos. Copenhague ha sido hasta ahora la mayor expresión del movimiento por la justicia climática, coincidiendo justamente con el décimo aniversario de las movilizaciones contra la OMC en Seattle. Una protesta que, bajo el lema “Cambiemos el sistema, no el clima”, expresa esta relación difusa entre justicia social y climática, entre crisis social y crisis ecológica. Pero el éxito de las protestas en Copenhague contrasta con la debilidad de las manifestaciones a nivel mundial, con algunas excepciones como Londres.

La actual crisis plantea la necesidad urgente de cambiar el mundo de base y hacerlo desde una perspectiva anticapitalista y ecosocialista radical. Anticapitalismo y justicia climática son dos combates que tienen que ir estrechamente unidos. Cualquier perspectiva de ruptura con el actual modelo económico que no tenga en cuenta la centralidad de la crisis ecológica está abocada al fracaso y cualquier perspectiva ecologista sin una orientación anticapitalista, de ruptura con el sistema actual, se quedará en la superficie del problema y al final puede acabar siendo un instrumento al servicio de las políticas de marketing verde.

Frenar el cambio climático implica modificar el actual modelo de producción, distribución y consumo. Los retoques superficiales y cosméticos no valen. Las soluciones a la crisis ecológica pasan por tocar los cimientos del actual sistema capitalista. Si queremos que el clima no cambie, es necesario cambiar el sistema. De ahí, la necesidad de tener una verdadera perspectiva ecosocialista, o ecocomunista como señalaba Daniel Bensaïd en uno de sus últimos artículos.

Asimismo, se deben de combatir las tesis del neo-malthusianismo verde que culpabilizan a los países del Sur por sus altas tasas de población y que buscan controlar el cuerpo de las mujeres, socavando el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo. Luchar contra el cambio climático implica enfrentar la pobreza: a mayor desigualdad social, más vulnerabilidad climática. Es necesario reconvertir sectores productivos con graves impactos sociales y ambientales (industria militar, automovilística, extractivas, etc.), creando empleo en sectores sociales y ecológicamente justos como la agricultura ecológica, servicios públicos (sanitarios, educativos, transporte), entre otros.

Acabar con el cambio climático implica apostar por el derecho de los pueblos a la soberanía alimentaria. El modelo agroindustrial actual (deslocalizado, intensivo, kilométrico, petrodependiente) es uno de los máximos generadores de gases de efecto invernadero. Apostar por una agricultura ecológica, local campesina y por unos circuitos cortos de comercialización permiten, como dice La Vía Campesina, enfriar el planeta. Asimismo, hay que integrar las demandas de los pueblos originarios, el control de sus tierras y bienes naturales, y su cosmovisión y respeto a la “pachamama”, la “madre tierra”, y la defensa del “buen vivir”. Valorizar estas aportaciones que plantean un nuevo tipo de relación entre humanidad y naturaleza es clave para enfrentar el cambio climático y la mercantilización de la vida y del planeta.

Desde una perspectiva Norte-Sur, justicia climática implica la anulación incondicional de la deuda externa de los países del Sur, una deuda ilegal e ilegítima, y reivindicar el reconocimiento de una deuda social, histórica y ecológica del Norte respecto al Sur resultado de siglos de expolio y explotación. En casos de catástrofe, es necesario promover mecanismos de “auxilio popular”. Hemos visto como el cambio climático aumenta la vulnerabilidad de los sectores populares especialmente en los países del Sur. Los terremotos en Haití y en Chile son dos de los casos más recientes. Frente a estas amenazas son necesarias redes de solidaridad internacional de movimientos sociales de base que permitan una canalización de la ayuda inmediata y efectiva a las poblaciones locales. La iniciativa no puede quedar en manos de un “humanitarismo” internacional vacío de contenido político.

La lucha contra el cambio climático pasa por combatir el actual modelo de producción industrial, deslocalizado, “just on time”, masivo, dependiente de los recursos fósiles, etc. Las burocracias sindicales hacen seguidismo y legitiman las políticas del “capitalismo verde” con la farsa de que las “tecnologías verdes” crean empleo y generan mayor prosperidad. Es necesario desmontar este mito. La izquierda sindical debe poner en cuestión el actual modelo de crecimiento sin límites, apostando por otro modelo de “desarrollo” acorde con los recursos finitos del planeta. Las reivindicaciones ecologistas y contra el cambio climático tienen que ser un eje central del sindicalismo combativo. Los sindicalistas no pueden ver a los ecologistas como a sus enemigos y viceversa. Todas y todos sufrimos las consecuencias del cambio climático y es necesario que actuemos colectivamente.

Es falso pensar que podemos combatir el cambio climático sólo a partir del cambio de actitudes individuales, y más cuando la mitad de la población mundial vive en el “subconsumo crónico”, y también es falso pensar que podemos luchar contra el cambio climático sólo con respuestas tecnológicas y científicas. Son necesarios cambios estructurales en los modelos de producción de bienes, de energía, etc. En esta dirección, las iniciativas que desde lo local plantean alternativas prácticas al modelo dominante de consumo, producción, energético... tienen un carácter demostrativo y de concienciación que es fundamental apoyar.

Por su naturaleza, hablar de cómo enfrentar el cambio climático implica discutir de estrategia, de auto-organización, de planificación y de las tareas que, aquellas y aquellos que nos consideramos anticapitalistas, tenemos por delante.


Síntesis de la intervención de Esther Vivas en el 16º Congreso Mundial de la 4a Internacional en Newport, Bélgica, marzo 2010.